Atesthgah, el templo de los adoradores del fuego (Unesco). Azerbaiyán

Azerbaiyán es conocida como la tierra del fuego y en algunos lugares de la Península de Absheron que estábamos visitando son conocidos como “la tierra del fuego sagrado” o “la tierra del fuego eterno". En este relato os hablaremos de uno de estos lugares, el Templo de Ateshtag en el pequeño pueblo de Surakhany, a unos 20 kilómetros al este de la ciudad de Bakú, mencionado por viajeros en el siglo XIX siendo uno de los más conocidos  Alejandro Dumas en su libro Viaje por el Cáucaso.

 

El templo fue construido sobre una bolsa de gas natural que alimentó un respiradero ofreciendo una "llama eterna" que trajo al país a los seguidores de Zoroastro o Zaratustra, adoradores del fuego. Pero ¿Quién fue Zoroastro? Un profeta y poeta de Persia que vivió en el siglo VI a. C fundador de la de la religión zoroastriana donde la manifestación de Dios se hacía mediante el fuego; fue considerado como el creador del monoteísmo.

 

Creencias que fueron convertidas en religión oficial de imperios como el aqueménida, parto y sasánida. Con la llegada a Persia del Islam en el siglo VII el zoroastrismo fue arrinconado, sus seguidores perseguidos y sus templos destruidos; pero un pequeño grupo huyó a la India y siguió la difusión de las ideas de Zoroastro o Zaratustra.

Los historiadores y arqueólogos no se ponen de acuerdo en la fecha de construcción del templo de Atesthag. Unos defienden que en este pequeño pueblo ya había algunos templos de los seguidores de Zoroastro desde el siglo VI de nuestra era y que con la llegada del Islam muchos de ellos desaparecieron y los zoroastrianos huyeron a la India y allí continuaron con su culto.  Para otros, el Templo de Atesthag fue construido en el siglo XVII por los comerciantes indios que llegaban a la zona con las caravanas, siendo esta teoría la más aceptada ya que quedan algunas inscripciones de sánscrito entre sus muros.

A finales del siglo XIX con el aumento de la producción de gas la llama se apagó y el templo fue abandonado por los últimos zoroastrianos, cuentan las crónicas que el último habitante del Templo partió en 1880. Hoy el fuego que vimos en el Templo, convertido en museo, es de un conducto de gas y se enciende cada día. El templo fue restaurado en 1975.

 

Un lugar, el Templo de Atestagh, que sin ser espectacular, posibilita una vista muy interesante por la recuperación histórica del país. Tanto es así que en 1998 fue incluido en Lista Indicativa Unesco  por ser uno de los centros más importantes del zoroastrismo en la historia donde confluyeron “las cuatro elementos de su creencia: ateshi (fuego), badi (aire), abi (agua) y heki (tierra)”.

Ahora toca explicar la vista a este Templo-Museo, pero hemos pensado que será mucho más interesante hacerlo con las palabras del escritor Alejandro Dumas que en su viaje de nueve meses al Cáucaso pasó por este lugar cuando los zoroastristas vivían aquí. Esto fue en 1859 y un año más tarde publicó en París su libro Viajes por el Cáucaso.

 

Y dice así:

 

Después del desayuno, nos sentamos en el faetón que nos esperaba en la puerta principal y nos dirigimos hacia el famoso Atashgah. El Atashgah de Bakú es conocido en todo el mundo; es decir, con la excepción de los franceses que rara vez viajan. Este sitio que tiene llamas tanto de día como de noche se encuentra a 26 kilómetros de Bakú. Las llamas eternas emanan del petróleo negro y crudo que se encuentra debajo del suelo.

 

Tardamos dos horas en llegar a Atashgah. Durante la primera parte de nuestro viaje, fuimos por la orilla del mar. En Atashgah, subimos a la cima de una colina desde donde, pudimos ver todo Atashgah con sus fuegos. Simplemente imaginen un área de 4.5 kilómetros cuadrados.

Había un gran edificio cuadrangular que también estaba encendido por un fuego. Los reflejos de las llamas bailaban en las paredes del edificio, haciendo que pareciera que el edificio en sí se estaba moviendo.

 Había un templo blanco, rodeado de pequeños hornos nuevamente llenos de lenguas de fuego. El gas ardía con tanto ruido que cada uno de estos pequeños hornos sonaba como un gran horno. En el techo, se emitían grandes lenguas de fuego de cada uno de las cuatro esquinas de la gran cúpula. Pero estas llamas eran más débiles que el fuego cerca de la entrada oriental del templo.

 

Nos acercamos al complejo a través de una sola puerta situada en el este. Luego, una vista espectacular y muy hermosa se abrió ante nuestros propios ojos. Se dice que este lugar generalmente solo se ilumina así en las festividades. Resultó que M. Pigulevski (la autoridad rusa en Bakú) había notificado a la gente de Atashgah sobre nuestra llegada. Estos adoradores del fuego, que han experimentado la represión durante más de 2,000 años, obedecieron su orden y prepararon todo lo mejor que pudieron.

Los únicos que quedan son un anciano y otros dos que tienen entre 30 y 35 años. Uno de los jóvenes acababa de llegar de la India solo seis meses antes.

 Entramos por una puerta que estaba completamente envuelta en llamas. En medio de una gran corte cuadrangular, había un edificio abovedado con un altar. En medio del altar, ardía una llama eterna. Las llamas de gas también se emitieron las cuatro esquinas de la cúpula. Era necesario subir cinco o seis escalones para acercarse al altar.

 

Aproximadamente unas 20 celdas estaban situadas a lo largo de la pared externa que se abría al patio. Estas celdas fueron construidas para los discípulos que se preparaban para convertirse en zoroastrianos. En una celda, había un nicho que mostraba dos ídolos. Uno de los adoradores se vistió con la túnica del sacerdote. Otro, que estaba completamente desnudo, se puso algo como una camisa y comenzaron los rituales de adoración.

Durante la ceremonia, el sacerdote cantó, alterando su voz de una manera muy inusual. También interpretó una canción que consistía en cuatro o cinco notas cromáticas que iban desde" sol "y" mi " cantando el nombre de Brahma. A veces, el sacerdote se postraba boca abajo en el suelo.

Otro de los adoradores del fuego golpeó las placas de porcelana que sostenía en sus manos produciendo un fuerte y sonoro ruido. Una vez que terminó la ceremonia de adoración, el sacerdote nos dio un poco de azúcar . A su vez, cada uno de nosotros le dio un rublo.

 

Y hasta aquí nuestra visita al Templo de Atestagh, hoy Museo que describe y cuenta como vivían los adoradores del fuego, que abre de 10 de la mañana a seis de la tarde todos los días. Se pagaba una entrada pero no recordamos lo que fue.

Desde aquí continuamos a Yanardag, la montaña de fuego pero esta ya es otra historia que podéis leer en Qué ver y visitar en Azerbaiyán, país de contrastes, en cinco días.

 

 

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