Ruta del Ámbar (3). Tallín y su Patrimonio UNESCO (Estonia).

28 DE JULIO DE 2013

 

Quedamos en el anterior artículo que explicaríamos por qué llegamos a Tallín en unas 3 horas pero sin embargo estaríamos atracados en su muelle durante toda la noche. Ya nos extrañó al contratar por Internet que había barcos que realizaban el trayecto en 3 horas y otros tardaban 12 horas.

Lo achacamos a que navegaría por el mar de forma más lenta y para rentabilizar los camarotes, pero no era del todo cierto. Durante la travesía se abría el supermercado para comprar y ese quizás sea el negocio, veréis, el pasaje en su mayoría jóvenes llenaban los carros de botellas de licor, pues en su país (Finlandia) es casi imposible acceder a ellas por el alto coste en impuestos que tienen las bebidas alcohólicas. Por otro lado, se organizan fiestas, funcionando el barco como una discoteca móvil. La esplendida educación que pensábamos tenía la juventud finlandesa se frustró al ver por la mañana, los restos que habían esparcido por todo el barco, después de la fiesta nocturna. 

A decir verdad, no fuimos molestados por el ruido ya que la disco estaba en la planta baja y los camarotes en la planta alta. Cuando despertamos, los chicos iban llegando a sus camarotes y no tenían intención de bajar en Tallín, como comprobamos después. De un pasaje de unas 500 personas, no bajamos ni 50. Hacían el viaje solo para estar de fiesta y beber alcohol cogían billetes de ida y vuelta sin bajarse del barco. ¿Es recomendable este trayecto? ¡Desde luego que sí! Y sobre todo para gente joven.

Desembarcamos a las 8:00 de la mañana, cogimos un taxi que nos llevara a nuestro hotel y dejaríamos las maletas, para después de un paseo, volver para instalarnos en la habitación. El hotel se encontraba relativamente cerca de la Plaza del Ayuntamiento, no más de cinco minutos andando y allí fuimos a tomar un desayuno, ya que aún no habíamos tomado ni un café. Esta plaza es el núcleo de la ciudad. En verano este lugar está lleno de terrazas de cafeterías y restaurantes. Sobre los edificios que están allí, hablaremos en el próximo artículo, pues fue al día siguiente cuando lo recorrimos a conciencia. 

Una vez allí, nos dimos cuenta de los precios abusivos que tenían y del agobio de camareros que solo por pasar al lado no paraban de invitar a sentarse y de que consumiéramos en su local. El caso es que andando un poco, en una calle adyacente y con la carta en las mesas para consultar, pudimos tomar un desayuno con pasteles. No fue barato pero tampoco el exceso de las cafeterías de la plaza del Ayuntamiento. Volvimos al hotel para hacernos cargo de la habitación. Escogimos el My City Hotel Tallin, un hotel coqueto, bien situado, con mucha luz y con una decoración moderna, pero también nada barato 120€ noche con desayuno. 

Con todo dispuesto ya, íbamos a empezar nuestra esperada y deseada visita a  Tallín. Habíamos contratado por Internet por 20€ un billete de tres días para un bus turístico con pase a varias de las atracciones que tenía la ciudad y sus alrededores. Nos dirigimos primero a visitar las "Murallas de la Ciudad" que rodean la ciudad antigua y que forman parte de lo que es considerado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
 
Nuevamente nos dirigimos a la Plaza del Ayuntamiento y desde allí bajamos por la calle Viru, la más comercial de la ciudad.

Antes de llegar a la puerta del mismo nombre, la puerta Viru, nos dimos cuenta del letrero indicativo de acceso a las murallas.

Accedimos a la entrada de las mismas, enseñando nuestro pase al único empleado que vimos. Las instalaciones no son muy seguras que digamos y sin ningún cartel advirtiendo del peligro de escaleras y barandillas. Al final de la escalera llegamos a una terraza donde podíamos observar en un día tan soleado la belleza de Tallin

Su centro histórico visto desde lo alto parecía un decorado de película de Robín Hood. Tallin tiene uno de los recintos medievales mejor conservados de Europa, otra de las razones de haber sido designado como Patrimonio UNESCO. Desde hace nada menos que 8 siglos, las murallas han contemplado la vida dentro y fuera de la vieja ciudad.

Finalizada la visita, llegó la hora de perderse entre los callejones empedrados que le confieren a esta ciudad cierta fantasía y teatralidad. Y así fuimos a parar al famoso Pasaje de Santa Catalina situado junto a los restos de un antiguo monasterio del que sólo se conserva parte de los muros de la capilla y parte del claustro. Se encuentra en malas condiciones a pesar de ser considerado el edificio más antiguo de la ciudad (siglo XIII). Hay una especie de  lápidas colgadas de la pared, con paneles explicativos, que en realidad son restos encontrados en la iglesia. Actualmente, este callejón está ocupado por bonitos restaurantes y tiendas artesanas.

Salimos del centro por la puerta Viru hacia la parada del autobús turístico, ya que dentro del recinto amurallado de Tallín no se puede circular, con la intención de conocer el Palacio que el Zar ruso Pedro el Grande construyó para su esposa Catalina que era estonia. Llegamos justo a la hora que debía partir y nos dirigimos al Palacio Kadriorg que es como se llama. El recorrido hasta llegar, no tuvo desperdicio ya que pasamos por la Catedral Ortodoxa Alexander Nevsky y el barrio de Toompea. Hacía calor y se agradecía el aire acondicionado del autobús y así de una manera cómoda nos presentamos en nuestra siguiente visita.

Al Palacio le rodean jardines espectaculares fruto de la extravagancia zarista, un estanque llamado (como no) "El lago de los cisnes" y un bosque de pinos y cedros. Un magnífico palacio barroco del siglo XVIII construido como residencia de verano. El palacio sirve ahora de sede a la colección internacional del Museo de Arte Estonio y a varias colecciones de arte extranjero. 

El paseo fue una maravilla para la vista, flores de todos los colores, arbustos ornamentados, fuentes, cisnes, en fin, una digna entrada al palacio de un Zar. Dentro del palacio (del que no tenemos fotos) el barroco se convierte en el rococó más cargado con muebles, techos y cornisas profusamente decorados. Hay una estancia pequeña dedicada exclusivamente a mobiliario de la época. El resto, dedicado a exposiciones de pintura que por cierto nos gustaron bastante, sobre todo una exposición monográfica de una mujer sueca, pintora del siglo XIX, Hilma af Klint. 

Estuvimos aproximadamente un par de horas en el recinto, cuando acabamos tuvimos que esperar más rato en la parada del autobús que esta vez nos devolvió a Tallin a través de una carretera junto al mar que nos permitió ver las playas con gran cantidad de gente al ser domingo y el puerto Olímpico ya que en Tallin se desarrollaron las pruebas de vela cuando se celebraron las olimpiadas de Moscú 80. La parada del bus turístico, estaba justo delante de un restaurante húngaro, como podéis ver en las fotos con el autobús al fondo. Era ya tarde y nos sentamos en la terraza a comer.

Tampoco es que fuera una maravilla lo que nos dieron, pero fue un plato abundante de carne y con ingredientes básicos de verduras y patatas. El nombre de lo que comimos... Indescifrable.

Seguíamos teniendo nuestro pase de autobús y después de comer hicimos uso de él para llegar a la Catedral Ortodoxa de Alexander Nevsky. Situada en la ciudad alta en el barrio de Toompea aunque a mitad de camino, destaca por sus cúpulas en forma de cebollas. Fue construida a finales del siglo XIX por el arquitecto oficial ruso Mijaíl Preobrazhénsky, el mismo que hizo las de Florencia, Niza, Viena, Sofía e incluso Buenos Aires.

El templo está decorado con cinco cúpulas de color oscuro para que fuesen visibles desde muchos puntos de la ciudad. Si se mira desde arriba, se puede observar que forman una cruz. El interior de la catedral está decorado con mosaicos e iconos.

Una nueva caminata cuesta arriba y llegamos a los miradores de Toompea. Maravillosas vistas de la ciudad y lugar para respirar paz. Allí los turistas no paramos de hacer fotos por doquier, cualquier cosa que alcance la vista es bello.

Hay 3 miradores en Toompea o ciudad alta, 1 de pago y 2 gratuitos. Los gratuitos fueron los que visitamos, en uno de ellos, el llamado Patkuli es donde se consiguen las mejores vistas de la muralla de la ciudad.

Desde el otro, el mirador Kohtu, se pueden observar unas vistas fantásticas de la ciudad baja.

Tuvimos tiempo de tomar un refresco en la terraza de un bar cerca de los miradores y nos atendió un joven camarero español que estaba de Erasmus en Tallin. Le agradecimos los consejos y las recomendaciones que nos dio sobre la ciudad. Nos alegró hablar español con un compatriota en Estonia y nos dispusimos a bajar hacia la ciudad baja. Hay dos calles que unen los dos barrios, la calle larga en rampa y la calle corta con escaleras. 

Optamos por coger la calle larga tal y como nos recomendó nuestro joven español y de forma pausada y tranquila iniciamos la marcha, fijándonos en todo lo que aparecía a nuestro paso, como el carrito medieval para vender chucherías. 

También vimos una bandera española en el muro de un edificio donde se encontraba una asociación cultural de españoles residentes en Estonia.

Llegamos al arco de piedra que da entrada a la ciudad baja. Tenemos que precisar que el nombre de las calles en estonio se traduce como piernas, es decir calle pierna larga y calle pierna corta. Por eso se dice que Tallin está coja.

Al caer la luz del sol, las calles de Tallin se vuelven más grises, se encienden farolas en las fachadas y velas en los restaurantes, lo que le da un aspecto todavía más antiguo y medieval. De cualquier callejón adoquinado parecía oírse el golpear de las herraduras de un caballo o un batir de espadas. Las calles de Tallin te transportan al pasado o mejor dicho al argumento de un cuento de hadas. Se disfruta sólo con caminar y ver lo que tienes a tu alrededor.

Seguíamos viendo detalles de las tiendas y las casas y dimos con el reloj público más antiguo de Tallin, nada menos que del siglo XVII. Al pasar por una preciosa terraza de un bar, nos decidimos a cenar allí. Era un poco pronto, pero nos apetecía una cena tranquila contemplando todo lo que sucedía en la calle. Fue una velada de lo más agradable.

Después de acabar la cena, no podíamos dejar de pasar otra vez por la Plaza del Ayuntamiento antes de volver al hotel e incluso nos sentamos en un banco público admirando las construcciones de esta plaza. A pesar de ser más de las 10 de la noche, aún quedaba algo de luz del día. Volvimos al hotel y caímos rendidos en nuestra estupenda cama.

 

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