Monasterio de Alcovaca (UNESCO), Nazaré y Marvao (Portugal).

01/02/2015

10 DE NOVIEMBRE DE 2014

 

Cuando nos despertamos, la mañana se presentaba con un tiempo amenazante, eso lo intuimos nada más abrir  la ventana de nuestra habitación y más tarde desde el ventanal que tenía la sala de desayunos mirando al mar. Nazaré en invierno es casi un pueblo fantasma, pero ver romper las olas contra el litoral en días grises como fue aquel es también un privilegio. Naturalmente el funicular que enlazaba con la parte alta de la ciudad no estaba en servicio y no podiamos dejar de ir a ver el paisaje que desde allí intuiamos iba a ser para recordar.

 

Hicimos el check out del hotel, cogimos las maletas y nos pusimos en marcha. No fue dificil acceder al mirador de la parte alta de la ciudad, aunque se encuentra cortada al llegar al Fuerte de la ciudad y el camino que lleva al faro. Allí encontramos unas vistas excepcionales de la playa. Considerado por muchos, este mirador ofrece el más hermoso paisaje marino de la costa portuguesa.

Era un lugar evocador. Perdimos la noción del tiempo haciendo fotos para nuestro álbum hasta que las primeras gotas de lluvía empezaron a caer.

El día se puso aún más oscuro y comenzó a ser una temeridad permanecer por más tiempo allí.

 

Asi que cogimos el coche y nos pusimos en camino hacia el siguiente destino de nuestra ruta.

 

La lluvia arreciaba cada vez más haciendo que el viaje fuera incómodo y a la vez arriesgado.

 

No eran demasiados kilometros hasta el Monasterio de Alcobaça, el último por ver de los Monasterios Patrimonios de la Humanidad que habíamos decidido conocer, pero no paramos de mirar el reloj y cuantos carteles indicaban la carretera.

 

Al fín llegamos a la ciudad de Alcobaça, distinguiendo a pesar de la lluvía, su inmenso y grandioso Monasterio.

El Monasterio era enorme y colosal, la ciudad nos dió muy buena impresión con sus calles adoquinadas y sus palacetes señoriales. Eso si, no tuvimos suerte para aparcar ya que el centro histórico era peatonal y tuvimos que dejar el coche en un aparcamiento que estaba aproximadamente a un kilometro. No sería una gran distancia a recorrer, pero con lo que estaba lloviendo nos pareció muy lejos. Cogimos los paraguas sin esperar a que escampara ya que no tenía pinta de hacerlo.

 

El Monasterio de Alcobaça está considerado como una de las siete maravillas de Portugal. 

 

Fue la primera obra gótica de Portugal, comenzando su construcción en el siglo XII por la Orden Cisterciense y terminada en el siglo XVI por el arquitecto Juan de Castillo, único arquitecto con cinco monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad.

Allí estan enterrados los reyes Pedro I y su mujer Ines de Castro, esta última fue declarada reina después de muerta. Fue amante del entonces infante Juan y asesinada por orden de su suegro el rey Alfonso IV. Al morir éste, su hijo Pedro se caso en secreto con la difunta Inés nombrandola además reina de Portugal ajusticiando a sus asesinos. Es la historia de amor por excelencia en Portugal, publicándose numerosos cuentos y relatos tanto para niños como para adultos sobre el tema.

Muy curioso todo el marketing y ventas de objetos que hay sobre estos dos personajes, pero en la tienda del museo Pilar me regaló en vez de una de esas figuritas (menos mal), un grabado original del famoso Claustro del Silencio.

 

Pasamos dentro un buen rato y al salir tuvimos la suerte que la lluvía había parado lo que nos permitió dar un agradable paseo por la ciudad y ver escaparates de productos artesanos, asi como puentes de piedra sobre el río.

De vuelta al coche y a continuar la marcha. Pensábamos parar en Leiria para conocer su castillo y Castelo de Vide, uno de los pueblos más bonitos de Portugal, pero nuevamente la lluvía se cernía nosotros haciendo el viaje peligroso y continuamos (parando solo en una estación de servicio a comer unos sandwichs) hasta Marvao en el Alto Alentejo.

                                                                            

Este pueblo ha sido de un gran interés estratégico a lo largo de los siglos, casi frontera con España y en lo alto de una sierra escarpada. Lo que antes fue complicado para los invasores, ahora lo sería también para nosotros.

 

Este bonito pueblo con sus restos romanos, árabes y medievales iba a ser la última de las visitas a nuestro vecino pais, pero debido al frio y la lluvia solo pudimos dar timidos paseos por las calles empinadas del pueblo.

Nos alojamos en un hotel rural "La Mercearia de Marvao" que era a la vez tienda de productos artesanos. Estuvimos confortablemente alojados y era muy acogedor sentarse junto a la chimenea.

 

El trato correcto y amable, además de agradacer que hablaran español. En Marvao existe una Pousada (similar a los Paradores españoles) donde pensabamos cenar pero la dueña del hotelito nos recomendó un restaurante local donde degustamos las MIgas Alentejanas. Un pequeño paseo hasta el hotel fue lo que remató el día que no imaginábamos iba a ser tan "pasado por agua".

 

 

 

 

 

 

 

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