Turisteando el mundo

  • Pilar y Paco Viajeros

Salvador de Bahía (Brasil). Playas y alrededores.


Después de habernos empapado con la historia y con los emblemáticos lugares que nos ofreció Pelourinho, tocaba conocer la parte baja de la ciudad y sus playas. La mejor opción que encontramos fue la de subir en el bus turístico de la ciudad. Salvador cuenta con un autobús turístico de dos pisos al estilo de otras grandes ciudades del mundo. Podéis acceder a su página web en el siguiente enlace: Salvador Bus. Su precio es de 60 Reales (aprox. 16€). Realiza un recorrido complementario al del centro histórico y ofrece una visión más general de la ciudad. Lo escogimos para ver lugares y monumentos que de otra manera sería poco probable de visitar debido a la escasez de tiempo que teníamos para hacerlo y por un precio más económico que hacer el recorrido en taxi o con un guía local. Su recorrido lo tenéis en el siguiente mapa.

Salimos del hotel y nos dirigimos al famoso Elevador Lacerda, pagamos los 0,15 Reales y en 30 segundos estábamos frente al Mercado Modelo que antes que mercado fue la primera aduana de Brasil.

Todo lo más colorido de las tradiciones bahianas se encuentra en este enorme mercado con casi un siglo de vida, saturado de tiendas de arte y artesanía así como algunos típicos bares y restaurantes. No es que seamos mucho de comprar "cachivaches" pero es interesante de ver el bullicio de gente alrededor de los puestos y de paso amenizar la espera para tomar el bus turístico que sale precisamente de este punto.

El Mercado Modelo en general mantiene precios más baratos que en las tiendas del Pelourinho, aún así acordaros de regatear y haceros con un puñado de cintas de colores para enseñarlas a quienes os ofrezcan estas como regalo para después pediros un donativo o propina.

Mientras llegaba la hora de abordar en el autobús, tuvimos ocasión de dar un pequeño paseo por el puerto y de observar las construcciones peculiares de la parte baja de la ciudad como los edificios ubicados en los ojos del acueducto.

Nos pusimos en marcha a las 10:00h en dirección a la Iglesia de Bonfim, una de las iglesias más conocidas y más visitadas de Brasil debido al peregrinaje y a costumbres que explicaremos más adelante. Localizada a casi siete kilómetros del Mercado Modelo durante el trayecto pudimos apreciar la realidad más cruda de las grandes urbes en desarrollo, las infraviviendas llamadas en Brasil, favelas. Enormes núcleos de población apiñados en pseudo edificios con instalaciones caóticas de alumbrado, alcantarillado y accesos, construidos sin licencias y sin ningún rigor urbanístico ni arquitectónico.

Llegamos a la Iglesia de Bonfim, cuyo verdadero nombre es Basílica de Nuestro Señor Jesus de Bonfim, fue construida entre 1746 e 1754 para albergar a la imagen de Nuestro Señor de Bonfim, traída de Portugal.

El autobús hizo una parada en el parque situado frente a ella y nos informaron que disponíamos de veinte minutos para visitarla. Las verjas de la Iglesia están repletas de "cintas de bonfim", amarradas por devotos y visitantes. Se debe a una costumbre que existe desde el siglo XIX . Prácticamente imposible ir a Salvador sin llevar algunas.

La cinta debe ser atada con tres nudos, uno por cada deseo y después aguardar a que la cinta caiga por si sola por el desgaste natural para que se cumplan las peticiones. Nosotros cumplimos con la tradición antes de pasar a la iglesia.

Mezcla de estilos neoclásico y rococó, su interior es rico en detalles, con un bello fresco en el techo, hornacinas con pan de oro y varios paneles de azulejos portugueses en la sacristía.

Nuestro Señor de Bonfim es el patrón de Bahía y muy venerado por el pueblo bahiano, su festividad es el segundo domingo del mes de enero, en el que se celebra el famoso "lavado de escaleras" de la Iglesia de Bonfim, considerada como la fiesta religiosa más importante de Salvador y la segunda manifestación popular que atrae más personas después del carnaval. Las mujeres bahianas que lavan los escalones recorren un trayecto de ocho kilómetros cargando agua perfumada, partiendo de la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción de la Playa hasta la del Bonfim. Este ritual se repite todos los años, desde 1754.

Otro de los atractivos de este lugar son las vistas que se observan de la ciudad desde su patio exterior, permitiendo apreciar tanto la parte más humilde como la parte más moderna y acomodada.

De nuevo en marcha pasamos a través de sus calles más bulliciosas y caóticas debido al gran tráfico de vehículos que se formaba en esas horas. Distinguimos la antigua estación de tren construida a principios del siglo XX, ya en desuso y dedicada exclusivamente a ciertas exposiciones.

Nueva parada del autobús, esta vez para conocer la obra de la llamada "Hermana Dulce" de la que desconocíamos absolutamente todo, pero que en Salvador la comparan con la Madre Teresa de Calcuta y desde luego la visita nos permitió comprobar que es valida dicha comparación. Acompañados por un voluntario nos enseñaron la gran tarea humanitaria de la monja en pos de los más necesitados en un recorrido por un pequeño museo en homenaje a su significada vida. Un enorme hospital, hogar para niños abandonados y otras instalaciones para pobres han sido el legado de esta beata. Si queréis echar un vistazo a su página web, el enlace es este: www.irmadulce.org.br El barrio es uno de los más populares de la ciudad aunque no tiene demasiadas atracciones turísticas, salvo los mercadillos de ropa que dicen tienen los mejores precios de Salvador.

Volvimos de nuevo al puerto para dirigirnos, esta vez por el litoral, hacia la parte moderna de Salvador. Pasamos junto a una escultura monumental en acero inoxidable de 12 metros de altura, que se inauguró en el año 2000 con motivo de la conmemoración de los 445 años de la fundación de la ciudad del Salvador.

Para llegar al centro financiero y más moderno de la ciudad es necesario subir unas interminables cuestas pero desde luego con unas vistas increíbles de la bahía.

Pasamos por el llamado Dique del Tororó que es un pantano artificial construido en 1624 por esclavos, durante la invasión por Holanda para dificultar la resistencia local. Hoy en día, es una laguna al aire libre rodeada de parques cuya principal característica son ocho esculturas de deidades del Candomblé que flotan en la superficie del agua. Firmadas por el artista plástico Tati Moreno, otorgan al Dique del Tororó el título de nueva tarjeta postal de Salvador, sumándose además el atractivo de la proximidad al remodelado Estadio de la Fuente Nova.

Desde allí pasamos al corazón financiero e inmobiliario de Salvador que ha sabido mantener el color como imagen característica de la ciudad, a pesar de ser rascacielos al uso, sus fachadas y jardines se han sumado al colorido inconfundible de esta urbe.

Y por fin llegamos a la línea costera de Salvador de Bahía. Tiene 50 kilómetros de playas tropicales siendo la más larga de Brasil. Parte de la magia de esta ciudad es la posibilidad de zambullirse en un mar tibio y transparente después de recorrer las bellezas de un barrio Patrimonio de la Humanidad.

La primera playa que vimos fue la playa de Pituba, que se encuentra a unos diez kilómetros del centro. Quizás sea la mejor para practicar surf porque tiene olas altas y muy agitadas siendo peligrosa para los bañistas.

A continuación las playas de Rio Vermelho, las formaciones rocosas crean playas más pequeñas dentro de ella. No es la playa más recomendada para baños, pero es muy concurrida por sus excelentes restaurantes y su intensa vida nocturna. Se dice que si el Pelourinho está lleno de Iglesias, el barrio costero de Río Vermelho en cambio está lleno de bares de todo tipo y tamaño, transformándose en los últimos años en un punto muy importante de la movida nocturna de la ciudad. Aquí nos hubiera gustado visitar la Casa-Museo de Jorge Amado pero al ser lunes estaba cerrada.

Después avistamos la playa de Ondina que se distingue por su mar cambiante, sereno o desafiante según la marea. En esta playa se emplazan las más importantes cadenas hoteleras y donde tienen su mansión importantes personalidades y famosos brasileños.

Una vez pasada esta playa, decidimos bajarnos del autobús porque ya iba siendo hora de comer y además llegábamos a la playa más famosa, la playa de Porto da Barra. Preguntamos a la guía donde podíamos coger el autobús de nuevo y nos indicó el sitio. Necesitábamos andar un poco, el sol salió tímidamente y qué mejor que recorrer la avenida de la playa.

Es considerada como una de las playas urbanas más bellas de Brasil y es sin duda la predilecta por la gran mayoría de turistas que llegan a Salvador de Bahía a disfrutar de sus vacaciones.

El agua del mar es más tranquila, tibia y cristalina. Además debido a su orientación al oeste, es desde los pocos sitios de Brasil donde se puede observar un atardecer con el sol "hundiéndose" en el mar y en la punta de la playa se encuentra el Faro da Barra.

Este faro fue el primer que se construyó en todo el continente suramericano y en su ubicación se juntan las aguas del Océano Atlántico con las de la Bahía de Todos los Santos. Se construyó en 1698 antes que la propia ciudad y constituye un bonito ejemplar de la arquitectura militar portuguesa del siglo XVI para el auxilio y la orientación de los navíos que arribaban a la Bahía, el puerto marítimo de América del Sur más importante en el siglo XVII.

Desde el faro se disfruta de una de las más bellas vistas de Salvador de Bahía. Se instaló dentro del impresionante fortín de San Antonio que actualmente alberga el Museo Náutico que tiene réplicas de embarcaciones y de herramientas de la época y antiguos objetos procedentes de naufragios.

Desgraciadamente no pudimos entrar ya que cierran los lunes. El precio de la entrada son 15 Reales y se puede subir hasta arriba del faro. Aquí tenéis el enlace: Museo Naval Salvador de Bahía

Imprescindible el paseo alrededor del fortín, ya que es preciosa la cala que está a sus pies. No solo hicimos unas cuantas fotos, nos quedamos unos minutos contemplando el mar desde allí.

Solo nos quedaba elegir un sitio para comer y lo hicimos en una terraza al aire libre mirando al mar. Nos tomamos unas frituras de pescado y esperamos a la hora en la que pasaba el autobús turístico que llego con 15 minutos de retraso. Volvimos de nuevo al Mercado Central y a Pelourinho con el elevador.

Antes de subir en el ascensor, observamos nuevamente el trabajo ingente que hay que hacer en la ciudad para restaurar y remodelar la gran cantidad de edificios históricos que posee Salvador de Bahía.

Volvimos a nuestro hotel a recomponer maletas ya que al día siguiente volábamos a Río de Janeiro. Nuevamente empezó a diluviar y nos fastidió la cena, pero no importaba mucho porque habíamos disfrutado muchísimo estos dos días en esa bellísima ciudad de Salvador de Bahía de todos los Santos.


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