Turisteando el mundo

  • Pilar y Paco Viajeros

Ruta del Ámbar. Riga y su Patrimonio UNESCO (Letonia).


Estábamos deseosos de pasear por el centro histórico de Riga ya que es Patrimonio de la Humanidad desde 1997 y a nosotros eso de conocer Patrimonios nos "pone" mucho, jejeje. Fuera de bromas, independientemente de su reconocimiento UNESCO, si en las afueras del casco histórico vimos lo que vimos, expectantes y con curiosidad quedamos hasta llegar a "Old Riga", es decir, a su centro neurálgico.

El casco antiguo tiene una arquitectura muy diversa, la mayoría de los edificios tienen la condición de monumento cultural. La arquitectura de la ciudad está representada por diferentes períodos desde el Gótico hasta el Art Nouveau. Después de la restauración tras la independencia de Letonia en 1991, muchos edificios del centro de la capital fueron reconstruidos y restaurados para recuperar el aspecto histórico de la zona. Los edificios más impresionantes de la ciudad vieja son la Catedral de Riga y la Iglesia de San Pedro, que ofrece una maravillosa vista panorámica sobre la ciudad desde una torre de observación de 72 metros, a la que (menos mal) se accede en ascensor.

Quizás lo más significativo es que las calles y plazas del casco antiguo tienen numerosos restaurantes, cafeterías y tiendas de artesanía para todos los gustos y nacionalidades, efectuándose un curioso "feed back" entre visitantes y propietarios de negocios.

Eso ha conseguido que Riga sea la piedra angular cosmopolita del Báltico, con una población y un modo de vida mucho más heterogénea que el resto de capitales.

Mientras paseábamos en dirección a la Iglesia de San Pedro, recordábamos la descripción de ciudad fria y oscura que hacía Henning Mankell en su libro del detective Wallander "Los perros de Riga". Nada que ver con la actualidad, donde el entretenimiento, la alegría y el color forman parte del día a día de esta esplendida y renovada ciudad.

Nuestra primera etapa en la ciudad, después de haber cogido un bus desde las inmediaciones del hotel, sería la Iglesia de San Pedro. Impresionante edificio con un torre de campanario de más de 70 metros.

Esta torre, visible casi desde cualquier punto de Riga posee un mirador con las que quizás sean las mejores vistas de la ciudad. Accedimos al mismo a través de la nave principal de la Iglesia donde estan las escaleras de acceso al torre y afortunadamente un ascensor muy destartalado que aunque con susto en el cuerpo te lleva sin esfuerzo al excepcional mirador.

El precio es de 3€ si utilizas el ascensor o de 1€ si subes andando las escaleras. Hay que tener muy buena forma para subir de un tirón el equivalente a unos 16 pisos y nosotros no pensábamos probar nuestra aptitud física, así que accedimos al mirador pagando la entrada más cara.

Hay que reconocer que vale la pena subir a la torre de esta Iglesia. Las casas y monumentos de Riga parecían maquetas de juegos de construcción, observándolas desde allí arriba. Habíamos madrugado pensando que cuanto más tarde hiciéramos la visita, menos afluencia de gente habría y por eso esta visita la pusimos en primer lugar de nuestro recorrido por el centro de Riga.

El tiempo nos dio la razón, ya que había en esos momentos poca gente. A nuestro favor contaba que pudimos hacer cuantas fotos quisimos sin molestias o turnos para coger una u otra ventana. En contra, que no tuvimos la luz del sol que saldría más tarde, pero a pesar de estar nublado, la atmosfera estaba limpia y pudimos sacar buenas imágenes. La Iglesia de San Pedro empezó a construirse en el siglo XIII. Ha sufrido numerosas ampliaciones y reconstrucciones hasta el siglo XV, siendo el estilo predominante el gótico. Se quemó en un incendio en el siglo XVIII y fue bombardeada en la 2ª Guerra Mundial.

Actualmente está dedicada al rito ortodoxo y además en una de sus naves funciona como una de los principales salas de exposiciones de arte de la ciudad. Nosotros pudimos ver una de ellas, cuando finalizamos nuestra estancia en el mirador de la Iglesia.

Desde allí nos dirigimos a la Plaza del Ayuntamiento. Una plaza llena de historia y una de las más bellas de Europa. Ha servido de lugar de mercado y escenario para celebrar fiestas, representaciones de teatro e incluso para realizar ejecuciones.

En el centro de la plaza se halla la estatua de Roldán, legendario personaje medieval y caballero de Carlomagno. Aunque muchos de los hermosos edificios de la plaza fueron destruidos por los rusos tras la II Guerra Mundial, gracias al patrocinio de UNESCO y a un proyecto de restauración que se realizó con motivo del 800 aniversario de la ciudad en 2001, la plaza luce en todo su esplendor.

Dentro de los proyectos de reconstrucción de esta magnífica plaza estuvo el de restaurar los edificios más característicos de esta ciudad... La casa de los Cabezas Negras. Se construyó en en siglo XIV como sede de los gremios de la ciudad. Un siglo después la casa pasó a manos de los Cabezas Negras, asociación de comerciantes extranjeros y solteros que la ocuparon hasta el siglo XVIII. Su nombre hace referencia a su patrón, san Mauricio, a menudo representado como un árabe con el rostro oscuro.

La fachada está profusamente decorada en estilo renacentista holandés añadido en el siglo XVI. El reloj astronómico es del siglo XVII. Los emblemas hanseáticos y las figuras son del siglo XIX. Las Cabezas Negras se disolvieron cuando Hitler solicitó a los balto-alemanes que regresaran a su patria a comienzos de la II Guerra Mundial.

El edificio anexo es donde se encuentra actualmente la oficina de turismo, también es del siglo XIX. Llamada Casa Schwab y que se construyó como complemento. Estos edificios quedaron destruidos por los bombardeos de 1941 y los soviéticos demolieron los restos siete años después, siendo las estructuras actuales de 1991.

Como curiosidad en la plaza se puede observar una placa que hace referencia a que allí mismo se instaló el primer árbol de Navidad conocido, allá por 1510 se decoró un árbol con velas y cintas de colores. Esta celebración aunque es asumida como cristiana, en realidad tiene un origen pagano. Las culturas paganas, arraigadas en los países bálticos, celebran con mucha devoción los solsticios de verano e invierno. En la misma plaza se encuentra uno de los museos más importantes de Riga y por ende de Letonia, el Museo de la Ocupación de Letonia.

Este museo instalado en un edificio del periodo soviético, repasa los periodos de dominación extranjera que sufrió la capital letona y la deportación a los gulags de los disidentes políticos, el exterminio de los judíos, purga de los nacionalistas bálticos a finales de los 40, fotos y relatos... Los años negros de la post guerra quedan reflejados aquí con todo su horror. No pudimos hacer fotos ya que estaba prohibido. Entre los que firmaron en el libro de honor del museo figura el Rey Juan Carlos.

Alrededor de una hora después tomamos un café en una de las terrazas de un bar de la plaza, contemplando el espectáculo de músicos callejeros y los niños de colegios que visitaban la plaza, asi como los turistas que se explayaban con sus cámaras de fotos, haciendo instantáneas de todo lo que tenían a su alcance. Contemplamos desde nuestras sillas el portentoso edificio del Ayuntamiento cuya fachada tiene motivos de los siglos XIV al XVII. La torre del campanario es del siglo XVIII. El interior del edificio es moderno y restaurado con los más avanzados materiales y técnicas de consrucción.

Una vez hecho el receso, nos dispusimos nuevamente a recorrer las serpenteantes calles adoquinadas del centro de Riga, que por supuesto está cerrado al tráfico, lo que facilita las paradas y la admiración del visitante ante lo que se dispone delante de sus ojos. Tenemos que decir, que este es uno de los artículos donde nos ha sido más difícil elegir fotos, ya que todas las que teníamos nos parecían importantes y bellas.

Vimos desde casas medievales antiquísimas a grandiosos edificios referentes del Art Nouveau. Todo era interesante y el paseo se estaba convirtiendo en una autentica delicia.

Casi sin darnos cuenta, aparecimos por la parte de atrás de la Catedral de San Jacobo. Es la Catedral católica de Riga. Se construyó en el siglo XIII. Era famosa por tener la campana colgada de una cúpula que se conserva en el extremo sur, aunque la campana ha desaparecido. La leyenda afirma que sonaba cuando pasaban mujeres infieles junto a la iglesia. Hoy sirve de sede al arzobispo católico de Riga ya que está cerrada al culto por obras de renovación.

La rodeamos y salimos por la plaza donde tiene su puerta principal, desde allí se divisaba nuevamente esplendidos edificios neoclásicos y los inconfundibles Art Nouveau.

Y andando, andando, sin mirar apenas los mapas de la ciudad que disponíamos, fuímos a llegar a otros de los monumentos emblematicos de Riga, la Puerta Sueca. La única puerta que se conserva de las ocho que poseía la ciudad. Se construyó en el siglo XVII durante el dominio sueco. Actualmente ocupa la planta baja de un edificio construido posteriormente. Las parejas de recién casados incluyen esta puerta en su recorrido por la ciudad, pues se dice que traspasarla da buena suerte. Nosotros no íbamos a ser menos y cumplimos con la tradición.

El extraordinario paseo que hacíamos por el centro de Riga, nos iba a dar más sorpresas. Como por ejemplo una réplica de las estatuas de los "Músicos de Bremen" que regaló la ciudad alemana como muestra de hermanamiento.

Y a continuación topamos con otro edificio con leyenda incluida, la famosa "Casa de los gatos". Este edificio amarillo de estilo "Art Nouveau" es un edificio muy popular por sus dos estatuas de gatos. Según la leyenda, los gatos del tejado, con el lomo arqueado, fue la forma en que el dueño de la casa expresó su desprecio por los miembros del Gran Gremio que le habían denegado su ingreso en la misma antes de la I Guerra Mundial por ser un mercader letón ya que entonces el Gremio solo estaba reservado para los alemanes. Los hizo instalar de tal manera, que los miembros del Gremio, cuyo edificio estaba enfrente vieran de espaldas a los gatos, es decir, les enseñaban el culo. Tras una larga batalla legal el mercader logró entrar en el gremio y cambió los gatos de posición.

Era ya hora de comer y lo hicimos en otra de las sucursales del buffet de comida letona. Como siempre a rebosar de gente. Era lo natural por el precio y la calidad de sus platos. Una pequeña espera para "pillar" una mesa y saciamos nuestro apetito.

Seguimos nuestro recorrido por la ciudad, alejándonos cada vez más del centro neurálgico ya que decidimos volver andando al hotel y para eso debíamos cruzar el parque Bastejkalns.

Llegamos a la llamada "Torre del polvorín" de construcción cilíndrica realizada en siglo XIV, es la única que se conserva de las 18 torres que formaban las defensas de Riga.

La torre fue adquirida por una hermandad de estudiantes alemanes a finales del siglo XIX y en 1919 se convirtió en sede de un museo militar dedicado a la lucha por la independencia y la I Guerra Mundial. Desde 1957 la torre albergó el Museo de la Revolución en la República Soviética de Letonia. El actual Museo de Guerra ocupa la torre y el edificio anexo, realizado entre 1937 y 1940.

En él se exponen colecciones sobre las diversas guerras que han sacudido al país a lo largo de su historia. Una vez visto el museo y al tener el parque Bastejkalns enfrente, empezamos a caminar dentro del recinto. Allí nos encontramos con el "Monumento a la Libertad".

Nos informamos que hay siempre custodiando el monumento dos Guardias de Honor, que realizan un cambio de guardia cada hora entre las 9 de la mañana y las 6 de la tarde. Asistimos por tanto a dicho cambio de guardia a la hora en punto. Un espectáculo solemne, austero y que la gente lo vive con mucho respeto. Desde allí al canal navegable, donde los lugareños y turistas alquilan barcas de recreo. Seguimos su curso hasta llegar al precioso edificio de la Opera de Riga, flanqueado además por unos jardines ornamentados que lucían en verano de una manera espectacular. Una fuente con motivos mitológicos remata el buen gusto del recinto.

Después de unas cuantas fotos y filmar el lugar, cruzamos del todo el parque Bastejkalns y yendo por la acera en dirección a nuestro hotel, entre los numerosos edificios de estilo neoclásico, nos fijamos en el de la Embajada Francesa.

Ese fue el último en el que nos pararíamos. Estábamos reventados y deseando descalzarnos y tomar una ducha. Al día siguiente tocaba una nueva excursión.


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